Vivir en Francia (II): acentos, contradicciones y otros choques culturales
#migraciónsinfiltros
Tener la nacionalidad francesa no significa que automáticamente uno se sienta francés. Entre erres de tractor, discusiones políticas, apéros y peligrosos postres, he ido descubriendo que adaptarse a otro país es bastante más complicado que aprender sus costumbres. Y que sentirse en casa tiene poco que ver con lo que dice el pasaporte.
Cuando llegué a Montpellier, ya tenía la nacionalidad francesa. Había superado buena parte de los obstáculos administrativos que supone establecerse en otro país y comenzaba una nueva etapa.
Pero que un papel te autorice a vivir en un lugar no significa que automáticamente te sientas en casa.
Y a mí, honestamente, me ha tomado tiempo.
Nunca he sido demasiado apegada a los lugares. Tal vez porque en mi familia nos mudamos mucho. Sin embargo, irme de Guyana Francesa me pegó más de lo que esperaba.
Venía de vivir durante años en un territorio que también es Francia y, aun así, llegar a Montpellier supuso otro comienzo.
Porque, aunque las leyes y la administración sean las mismas, la vida en Guyana Francesa y en la Francia metropolitana es bastante distinta. El clima, las costumbres, las relaciones sociales e incluso las formas de hablar te recuerdan que cambiar de territorio también puede significar cambiar de mundo.
Y entonces comienza esa otra etapa de la migración de la que no suelen hablarte los manuales: aprender a vivir con las diferencias.
El francés y mis erres de tractor
Un choque muy interesante para mí ha sido el idioma. Miren que digo ha sido, porque todavía hoy el francés consigue ponerme a prueba.
Es una lengua hermosa, pero endemoniadamente complicada. Tiene reglas, excepciones y excepciones de las excepciones. Algunas tan desconcertantes que ni los propios franceses parecen ponerse de acuerdo.
Y ese es quizás el problema al principio. Cuando los escuchas hablar, todo suena precioso. Pero cuando intentas reproducir aquellos sonidos, especialmente cuando creciste pronunciando esas erres de tractor, sientes que intentar imitar la forma gutural francesa, hace que sientas que estás desafinando. Y eso cohíbe.
Sin embargo, mi consejo es que no te dejes intimidar. El pequeño acento (petit accent, desto cuando me dicen esto) se te va a notar, probablemente durante muchos años. ¿Y qué?
Una vez que superas la vergüenza de pronunciar mal una palabra, se abre ante ti todo un universo de historias, canciones, expresiones y pequeñas complicidades que ningún manual de gramática puede enseñarte.
Y sí, vas a meter la pata al principio. Yo, por ejemplo, más de una vez dije probablemente que alguien «est en train de plevoir» (está lloviendo) en lugar de decir «est en train de pleurer» (está llorando). Vamos, que en mi versión del francés a la gente le llueven los ojos.
Porque es que en este idioma, una S mal pronunciada puede hacer la diferencia entre que estés comiendo un postre «dessert» o desierto «désert».
Otra cosa que me hace mucha gracia es la negación. En español nos basta con un «no». Los franceses necesitan ne… pas. Aunque, cuando hablan, se comen el ne y dejan al pobre pas trabajando solo.
Y si esto no fuera suficientemente complicado, muchísimas letras finales no se pronuncian.
Por ejemplo, si quieres decir que no deseas comer, escribes Je ne veux pas manger. Pero cuando escuchas a un francés decirlo suena a Je ne ve pa mange, y entonces descubres que buena parte de aquellas letras parecen haberse quedado en el papel.
Créeme que, viniendo de una lengua como el español, cuya pronunciación se corresponde mucho más con su escritura, esto produce un pequeño cortocircuito cerebral.
Y todavía no hemos hablado de los verbos irregulares, las conjugaciones y los misterios de ciertos acuerdos gramaticales.
Pero la buena noticia es que con el tiempo uno se acostumbra.
O, al menos, aprende a convivir con el desconcierto.
El francés es un idioma de ruidos
No sé si soy la única que se ha dado cuenta, pero he llegado a una conclusión absolutamente carente de rigor científico: buena parte del francés cotidiano se habla con onomatopeyas.
Y descubrirlo es divertidísimo.
Los franceses tienen una extraordinaria capacidad para desinflarse.
Cuando están cansados, fastidiados, resignados o a punto de perder la paciencia, hacen un sonoro pffff que parece resumir todos los problemas de la humanidad.
Es una especie de desahogo universal. Y dependiendo de cuánto aire expulsen, puedes hacerte una idea bastante aproximada de la gravedad del asunto.
Cuando están haciendo algo manual, aparece el tac, tac. Y cuando realizan un esfuerzo, levantan algo o terminan una tarea, surge el omnipresente hop.
Pero lo mejor, al menos para mí, es lo repetitivos que pueden llegar a ser cuando quieren ponerse cariñosos.
Una nana es una chica, coucou es algo parecido a nuestro «holis» y toutou es una forma afectuosa de llamar a un perrito.
Y loulou sirve para dirigirse cariñosamente a alguien, humano o de cuatro patas.
A veces tengo la impresión de que, cuando los franceses se ponen tiernos, vuelven lingüísticamente a la infancia.
Y me encanta.
De izquierdas, derechas y otros demonios
Pero no todo son descubrimientos lingüísticos.
Entrar en una nueva sociedad implica también encontrarse con ideas, costumbres y formas de interpretar el mundo que no necesariamente coinciden con las tuyas.
Y allí he tenido mis buenos encontronazos.
En algunos ambientes franceses, especialmente entre sectores progresistas y ecologistas, las ideas de izquierda parecen gozar de un aura casi mítica. A veces tengo la impresión de que declararse de izquierdas funciona como una especie de certificado de buenas intenciones.
Y, claro, viniendo de Venezuela, te podrás imaginar lo que esto significa para mí.
Lo que más me desconcierta es encontrar personas que defienden una visión idealizada del chavismo, convencidas de conocer una realidad que yo viví durante años.
Y cuando les cuento mi experiencia, resulta que algunos están más dispuestos a cuestionar mi testimonio que sus propias convicciones.
He escuchado cosas como: «¿Y no será que estás influenciada por los gringos?», «Lo que pasa es que no has comprendido el verdadero proyecto político», y es aquí donde yo me desinflo para no estallar.
¡Por favor!
Una cosa es discutir sobre modelos políticos y otra muy distinta pretender explicarle a alguien su propia experiencia.
Por supuesto, también he encontrado franceses con quienes puedo conversar sobre Venezuela con profundidad, respeto y verdadero interés, independientemente de sus posiciones políticas.
Porque el problema nunca ha sido que pensemos distinto. El problema aparece cuando las convicciones se vuelven impermeables a los hechos.
En cualquier caso, he aprendido a reconocer cuándo una conversación merece la pena y cuándo es preferible desertar.
Después de todo, si todavía hay gente convencida de que la Tierra es plana, tampoco voy a dedicar mi vida a resolver todos los misterios del pensamiento humano.
Cada loco con su librito.
Pero mejor pasemos a cosas más agradables.
El apéro: esa peligrosa institución francesa
Otra cosa que me sorprendió mucho es que esta gente TOMA.
Y no me refiero a que los franceses beban más que otros, porque eso sería una afirmación bastante temeraria. Me refiero a que han convertido el aperitivo en toda una institución social.
Entre el almuerzo y la cena existe un espacio casi sagrado llamado apéro, que consiste en reunirse para conversar, beber algo y acompañarlo con pequeñas cosas de comer.
En teoría, es un aperitivo.
En la práctica, puede convertirse en una velada de varias horas durante la cual uno conversa, come, vuelve a servirse y termina preguntándose si todavía tiene sentido cenar.
Dependiendo de dónde estés y con quién, habrá vino, cerveza, champán o pastis, ese anís tan característico del sur de Francia.
En Guyana Francesa y las Antillas, por su parte, es frecuente el ti-punch, preparado con ron agrícola, lima y azúcar.
Una bebida que, dependiendo de quién la prepare, tiene una respetable capacidad para recordarte la existencia de la gasolina de avión.
Pero si crees que el apéro es una amenaza para tus buenas intenciones alimenticias, todavía no conoces lo peor.
El café gourmand: una creación demoníaca
Ahhhh, y por supuesto, las comidas.
A los franceses les gusta comer bien, y el placer de la mesa forma parte de muchas de sus costumbres sociales y familiares.
Pero debo hacerte una advertencia.
En algunos restaurantes, en la carta de postres, encontrarás una cosa TERRIBLE llamada café gourmand.
Anota bien ese nombre.
Esta creación demoníaca consiste en un café acompañado de pequeñas porciones de distintos postres del restaurante.
Y allí está la trampa.
Porque tú, que eres una persona moderada y responsable, piensas que solamente vas a tomar un cafecito con alguna cosita dulce.
Pero de pronto te encuentras frente a una selección de mousses, tartaletas, bizcochitos, cremas y otras delicias que parecen haber sido diseñadas para poner a prueba tu fuerza de voluntad.
Mi consejo es que, si te lo ofrecen, busques fuerzas y digas un NO rotundo.
Porque la adicción a ese plato puede ser inmediata.
Además, he descubierto que en Francia existen ciertas costumbres gastronómicas que varían según las regiones y las familias, pero que forman parte de su identidad cultural.
El desayuno, por ejemplo, suele ser dulce. El pan es casi omnipresente y, aunque uno imagine a todos los franceses desayunando croissants diariamente, la realidad es bastante menos cinematográfica.
En Navidad aparece la bûche de Noël, un pastel tradicional con forma de tronco, y también es frecuente encontrar foie gras y productos del mar en las mesas festivas.
Y en enero llega la galette des rois, una tarta que, en buena parte de Francia, se prepara con hojaldre y una crema de almendras llamada frangipane.
Dentro esconde una pequeña figurita, la fève. Quien la encuentra se convierte en rey o reina por un día.
Es una tradición que me recuerda al Roscón de Reyes español, aunque aquí la corona venga acompañada de mantequilla, hojaldre y bastantes más calorías de las que estoy dispuesta a contar.
Por fortuna, caminar por Montpellier es una buena forma de compensar algunos de estos descubrimientos gastronómicos.
Al menos eso me digo.
Vivir entre dos mundos
Pero más allá del idioma, la política y los placeres de la mesa, hay algo que he ido comprendiendo sobre mi experiencia migratoria.
Con el tiempo, muchas de esas diferencias culturales terminan convirtiéndose en anécdotas. Algunas me hacen reír; otras todavía consiguen sacarme de mis casillas. Pero lo más complicado de adaptarse a otro país no siempre está en lo que uno descubre de esa nueva sociedad, sino en lo que comienza a descubrir de sí mismo.
Porque mientras aprendes a vivir en otro lugar, el país que dejaste sigue formando parte de ti. Y no siempre sabes cómo conciliar esas dos realidades.
Curiosamente, esa sensación apareció reflejada en algo que escribí casi sin proponérmelo.
Recién llegados a Montpellier, participé en una propuesta de «escritura salvaje» organizada por una periodista venezolana a la que sigo @angelafeijoo. De aquel ejercicio salió una página que guardé y olvidé durante algún tiempo.
Hace unos meses la encontré, aunque no conseguía recordar cuándo la había escrito. Hoy recuperé ese recuerdo, precisamente cuando estoy a punto de cambiar otra vez de casa.
Al releerla, reconozco a Venezuela hablándome como una ancestra. Me recuerda lo que llevo de ella dentro de mí y me da permiso para seguir, para hacer mi vida en otro lugar sin culpa ni vergüenza.
Desde ahí leo aquel «Vuelves a casa».
Yo creo en las sincronicidades. Por eso me llamó la atención que esas palabras volvieran a cobrar sentido justo ahora, ante otra mudanza.
Hace poco escuché a un rabino hablar de Sucot, la festividad judía durante la cual se habita una sucá, una construcción temporal que recuerda las moradas de los israelitas durante su recorrido por el desierto.
La imagen de habitar un refugio provisional, de hacer vida en él aun sabiendo que no será permanente, me hizo pensar en mi propia experiencia.
Porque emigrar también es aprender a vivir con esa sensación de estar en dos lugares al mismo tiempo.Vivir aquí y llevar conmigo los sitios por los que he pasado, lo que soy, lo que pienso y lo que creo.
Y mientras escuchaba al rabino comprendí algo que hasta entonces no había conseguido expresar con claridad.
Yo no busco que me acepten. Quiero vivir en paz con quien soy. Con mis ideas, mis creencias, mi historia y todas esas cosas que han ido construyendo a la mujer que soy hoy.
Y pienso que esto es algo que solemos dejar fuera cuando hablamos de adaptación.
Podemos contar los trámites, los cambios de trabajo, los esfuerzos por aprender un idioma y hasta las veces que tuvimos que presentar un examen de conducir.
Pero explicar cuándo comenzamos a sentirnos en casa es bastante más difícil.
Sin duda, para mí, ser inmigrante ha sido una iniciación. Todavía estoy comprendiendo lo que cada cambio ha movido dentro de mí.
Quizás por eso, después de tantos años, ya no necesito demostrarme que puedo construir una vida en otro lugar. Lo estoy haciendo.
Ahora estoy ante otra mudanza; a la que será nuestro hogar definitivo. Y allí instalaré esa Venezuela que se vino hace 7 años conmigo y seguiré abonando a esa parte de Francia que me hace sentir en casa.
Porque ahora sé que no tengo que elegir entre una y otra, porque en mi corazón hay espacio para las dos.



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