Narbonne: seis horas, dos mil años de historia y demasiadas novelas posibles

 

Collage horizontal de Narbonne, Francia, con el canal, paseo arbolado, edificio histórico y una viajera en una escapada de un día desde Montpellier.

Seis horas en Narbonne bastaron para descubrir una ciudad de piedras romanas, canales, santos inesperados y calles que parecen esconder novelas

Las personas que visitan ciudades, pero somos los escritores quienes las traducimos. Esa fue la loca conclusión a la que llegué después de pasar seis horas en Narbonne con dos compañeros de la Alliance Française de Montpellier.

Y es que mientras ellos admiraban monumentos sorprendidos y mirando su guia, yo me la pasé ocupada buscando símbolos ocultos en vitrales y edificios y enamorándome de poemas escritos en paredes.

Creo que escribir hace eso contigo: te da la incapacidad absoluta de mirar el mundo de manera superficial. Cada calle parece esconder una historia. Cada rostro parece cargar una memoria. Cada piedra quiere hablar.

Y Narbonne tiene muchas piedras. Muchas.

Más cerca de Montpellier de lo que parece

Una de las mejores cosas de vivir en Montpellier es descubrir que hay lugares estupendos casi al alcance de unos cuantos kilómetros en tren.

Narbonne es uno de estos casos. La ciudad está a unos 91 kilómetros en tren y el trayecto desde Montpellier dura, de media, aproximadamente una hora. Los servicios más rápidos hacen el recorrido en unos 51 minutos. Además, hay numerosas conexiones directas a lo largo del día entre TER, Intercités y TGV, así que es perfectamente posible ir por la mañana, caminar hasta que los pies pidan clemencia y regresar por la tarde. sncf-connect.com

Eso fue exactamente lo que hicimos nosotros. Una escapada de seis horas. Tiempo suficiente para enamorarse, pero demasiado poco para conocerla.

Una ciudad romana que todavía se empeña en recordártelo

Antes de convertirse en la coqueta ciudad francesa que hoy atraviesa el canal de la Robine, Narbonne fue Narbo Martius, fundada por Roma en el año 118 a. C.

No era precisamente un pequeño asentamiento perdido en la Galia. Fue la primera colonia romana fundada fuera de Italia y acabó convirtiéndose en capital de la provincia de la Galia Narbonense, además de un importante cruce comercial entre las vías Domitia y Aquitania. Narbo Via

La ciudad actual no conserva la monumentalidad romana de lugares como Nîmes o Arles. Sin embargo, esa historia sigue allí, apareciendo casi con descaro cuando menos la esperas.

En lo que llegas al centro neurálgico de la ciudad, en plena Place de l’Hôtel de Ville, la ciudad hace alarde de su pasado pues conserva un tramo de la Via Domitia, la famosa carretera romana que comunicaba Italia con Hispania.

Y a mí esas cosas me parecen fascinantes. Así que como te podrás imaginar me senté en esas piedras, las miré de cerquita y las sentí a ver si me contaban algo... Pero nada. Ojo, todo lo anterior está permitido. En algunas ciudades la historia está cuidadosamente encerrada en un museo, pero en Narbonne puede aparecer debajo de tus pies mientras buscas dónde tomarte un café.

Algo que dejé para una próxima vez fue el Horreum, un conjunto de galerías subterráneas romanas situado en pleno centro histórico, y el Museo Narbo Via, dedicado a recuperar la memoria de aquella Narbo Martius desaparecida. Según leí, el museo conserva mosaicos, esculturas, frescos, objetos cotidianos y una espectacular galería formada por centenares de bloques lapidarios romanos. Narbo Via

Pero al tener el tiempo contado, meterse en un museo (y yo no soy de estarme 5 minutos en ninguno) era casi un pecado, así que lo dejamos pendiente.

La Robine: cuando una ciudad decide tener agua en medio

Collage horizontal de la catedral de Narbonne con gárgolas, pasajes medievales y detalles de piedra en una visita cultural por el centro histórico.

Narbonne está atravesada por el Canal de la Robine, y eso cambia completamente el ritmo de la ciudad.

Desde mi punto de vista, el agua tiene la extraña facultad de hacer que todo parezca ir más despacio.

La gente camina. Las terrazas aparecen. Los edificios se reflejan. Y uno termina creyendo que dispone de muchísimo más tiempo del que realmente tiene.

Sobre el canal se encuentra uno de esos lugares que puedes cruzar sin sospechar toda la historia que lleva debajo: el Pont des Marchands.

El puente formaba parte del acceso meridional a la antigua ciudad romana y por allí pasaba precisamente la Via Domitia. Originalmente tuvo al menos seis arcos —probablemente siete—, aunque hoy solo uno permanece visible. narbonne.fr

Ahora hay edificios sobre él. Tiendas. Ventanas. Vida cotidiana. Me encantan esas superposiciones.

Roma debajo. La Edad Media encima. Y alguien comprando zapatos en 2026.

Les Halles, delicias en un solo lugar

Por supuesto, en algún momento terminamos en Les Halles de Narbonne. Porque la historia está muy bien. Los monumentos también. Pero llega una hora en que el cuerpo exige participar de la excursión.

Este mercado cubierto es uno de los lugares emblemáticos de la ciudad y concentra algo que me interesa particularmente cuando viajo: la vida cotidiana.

Productos locales, puestos de comida, conversaciones, gente comprando, comerciantes que probablemente han visto pasar miles de turistas haciendo exactamente lo mismo que tú.

A veces los mercados cuentan mucho más sobre una ciudad que los monumentos. Y además permiten una cosa fundamental en cualquier investigación histórica seria: comer.

La catedral, las gárgolas y Santa Bárbara

Collage horizontal del interior de la catedral de Narbonne con vitrales, lámparas y arquitectura gótica durante una visita desde Montpellier.

Mis amigos caminaban por acá y por allá, pero mis pies estaban locos por entrar a la catedral. Así que cuando finalmente llegamos a la Cathédrale Saint-Just-et-Saint-Pasteur, tuve un momento de éxtasis.

Algunos paganos le tienen alergia a las iglesias y templos. Yo los adoro. Hay como una suerte de morbo antropológico o histórico que me hace entrar en ellos con una mirada escrutadora.

¿Alguien esperaba otra cosa?

Su construcción comenzó en 1272 y su coro, que alcanza más de 40 metros de altura, explica perfectamente esa sensación de pequeñez que producen algunas catedrales góticas cuando uno levanta la cabeza. narbonne.fr

Pero, como ya dije, yo tengo un pequeño problema con las iglesias antiguas. Nunca consigo limitarme a contemplarlas.

Empiezo a mirar vitrales. Capiteles. Imágenes. A levantar la cejas al descubrir ciertos símbolos y suspirar viendo esas criaturas misteriosas o aterradoras (según se el gusto), las gárgolas.

En fin, esos detalles que quizá para otra persona son simplemente decoración, en mi cabeza empiezan inmediatamente a protagonizar conspiraciones medievales.

Pero lo que nunca me esperé fue encontrarme en esa catedral con una vieja conocida: Santa Bárbara.

Al verla sonreí y mucho. Y es que hubiera querido ver la cara de algunos puristas al observar mi entusiasmo frente a aquella imagen.

Porque las religiones son mucho menos impermeables de lo que algunas personas quisieran creer. Los símbolos viajan, las devociones se mezclan, las culturas reinterpretan y los dioses —y los santos— tienen esa mala costumbre de atravesar fronteras que los humanos insistimos en dibujar.

Pero esa es otra historia. Y probablemente otra entrada.

Charles Trenet estaba escrito en una pared

Collage horizontal de Narbonne con poema de Charles Trenet, calle del centro histórico y detalle literario de una escapada cultural en el sur de Francia.

Al salir de aquella inmensidad de piedra apareció algo completamente distinto, u
n poema, o eso pensaba yo que era.

Escrito sobre una pared cercana a la catedral. Una preciosa inscripción captó mi atención. Y ocurrió nuevamente esa cosa que me sucede cuando viajo: dejé de caminar.

Luego de leer la inscripción, supe que la misma reproduce L’Âme des poètes, una canción que Charles Trenet (a quien no conocía hasta entonces) interpretó en 1951. 

Lo interesante es que esa letra no está allí por casualidad. Trenet nació en Narbonne en 1913 y la ciudad conserva varios homenajes al artista, incluida su casa natal. mediatheque.sainthilairederiez.fr

Me pareció bellísimo. Una ciudad que conserva las voces de sus muertos de muchas maneras.En las tumbas. En las iglesias. En las piedras romanas. Y también en las paredes.

Narbonne decidió, además, dejar que uno de los suyos continuara escribiendo sobre ella.

Las calles por las que da gusto perderse

Pero probablemente una de las cosas que más disfruté de Narbonne fueron precisamente aquellas que no aparecen necesariamente en la lista de monumentos imprescindibles: sus calles, las fachadas, las puertas, los pequeños comercios, los rincones.

Los edificios que parecen llevar varias vidas acumuladas sobre las paredes.

Narbonne tiene esas calles por las que uno empieza caminando para llegar a algún sitio y termina caminando simplemente porque sí. Para mí, esa es siempre una excelente señal.

Así que, como también a menudo pasa cuando viajo, me perdí.  Y es que mientras mis compañeros miraban la ciudad con ojos de turistas, yo estaba hilando historias a través de preguntas surgidas de esas fachadas, ventanas, caminerías y recovecos. 

¿Quién habría vivido allí? ¿Quién habría pasado por esa puerta? ¿Qué ocurrió detrás de aquella ventana? ¿Quién decidió poner aquel símbolo en aquella fachada?

Por fortuna, los encontré antes  que me dejara el tren.

Lo que no vimos: Narbonne-Plage

Hubo una ausencia importante en esta visita: El Mediterráneo.

Narbonne también tiene playa. Nosotros no llegamos.

Estar en un lugar por seis horas tienen límites, incluso cuando una insiste en negociar con el reloj.

Después supe que Narbonne-Plage merece por sí sola una visita, así que quedó automáticamente incorporada a mi lista de asuntos pendientes.

Así que, queridos lectores, eso significa una sola cosa:habrá segunda parte.

Mis recomendaciones en Narbonne

Si vas desde Montpellier por un día y dispones de poco tiempo, yo priorizaría el centro histórico: la catedral Saint-Just-et-Saint-Pasteur, el conjunto del Palais des Archevêques, la Via Domitia, el Canal de la Robine, el Pont des Marchands, Les Halles y, sobre todo, caminar sin demasiada prisa.

Si dispones de una jornada completa, entonces añadiría el Horreum y el Museo Narbo Via. Este último merece especialmente la pena si te interesa comprender por qué aquella ciudad fue tan importante para Roma y por qué quedan relativamente pocos monumentos romanos visibles en la Narbonne actual. Narbo Via

En resumen, puedo decirte que nos fuimos contentos. Algunas ciudades no necesitan mucho tiempo para dejar una impresión. Narbonne fue una de ellas.

Una sensación que me dejó este lugar es que no funcionan como escenario. Narbonne tiene suficiente carácter, memoria y contradicciones para convertirse en un personaje en cualquier historia.

Como dije al inicio de esta entrada, es esto lo que escribir hace eso contigo.Te incapacita para mirar el mundo de manera superficial.

Cada calle parece esconder una novela. Cada rostro parece cargar una memoria. Cada piedra quiere hablar.

Y, honestamente… amo esta manera tan maravillosa de vivir.

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