Vivir en Francia (I): papeles, exámenes y otras pruebas de resistencia
Casarme, obtener la nacionalidad francesa y aprender a conducir después de los 50 me hicieron descubrir que migrar es una sucesión de pruebas para las que nadie te prepara. Algunas las superé con facilidad; otras me hicieron dudar hasta de mi inteligencia. Esta es la historia de cómo llegué al nivel experto de Mario Bros sin haber jugado jamás.
Para obtener la ciudadanía francesa estudié más que para algunos exámenes de la universidad. Me aprendí la historia de Francia, repasé el funcionamiento de sus instituciones, los principios republicanos y cuanto tema pudiera aparecer en aquella entrevista de la que, según había leído, dependía buena parte de mi futuro.
El día de la cita, la funcionaria no me sometió al temido interrogatorio. Quería conversar, comprobar mi nivel de francés y conocer hasta qué punto estaba integrada en la sociedad. Lo más divertido fue que, cuando comenzamos a hablar de Guyana Francesa, donde había vivido durante varios años, terminé contándole cosas que ella misma desconocía.
¡Tanto estudiar para terminar dándole una pequeña clase de etnoastronomía en francés a una francesa!
Pero no nos adelantemos. Para llegar a esa entrevista tuve que recorrer un camino bastante largo, con obstáculos, pruebas y alguna que otra situación digna de una película de humor negro.
Todo comenzó con una boda
Me casé en Remire-Montjoly, Guyana Francesa, en diciembre de 2019. Pero casarse siendo extranjero en territorio francés tiene sus «cositas».
Además de conseguir documentos, traducirlos y apostillarlos, tuvimos que pasar una entrevista con la alcaldesa. Yo todavía no hablaba francés, aunque lo entendía, así que mi novio, ahora esposo, hizo de traductor. Del inglés al francés, porque entonces él no hablaba español y mi inglés era bastante bueno.
La entrevista transcurrió sin problemas y nos autorizaron a casarnos.
Mi esposo, que es curioso, le preguntó si alguna vez había detectado matrimonios falsos. Ella, casi sin levantar la mirada de nuestros documentos, respondió que sí y que, cuando tenía dudas, sometía a las parejas a comprobaciones adicionales.
Con nosotros, aseguró, no tenía ninguna.
Así que nos casamos. ¡YEIIIII!
Pero todavía faltaba otra etapa. En mi caso, tenía que regresar a Venezuela para solicitar un visado como esposa de un ciudadano francés.
Y aquí comenzó un verdadero rally.
No voy a detenerme demasiado en esta parte porque merece un artículo aparte. Solo diré que el problema JAMÁS fue la Embajada de Francia en Venezuela. El problema fue mi pasaporte, los trámites irregulares, las estafas, las amenazas y todo ese repertorio de calamidades administrativas que los venezolanos conocemos demasiado bien.
Cuando finalmente pude presentar mi solicitud, el trámite en la Embajada fue expedito.
Regresé a Guyana Francesa en marzo de 2020. Pocos días después llegó el confinamiento por la pandemia.
¡Qué puntería la mía!
Del visado a la residencia
La pandemia retrasó buena parte de los procedimientos. Sin embargo, con mi visado pude comenzar los trámites para obtener mi permiso de residencia.
Fue entonces cuando aprendí palabras que terminarían incorporándose a mi vocabulario cotidiano: titre de séjour, récépissé, préfecture...
El récépissé es un justificante que, en determinados procedimientos y según la situación de cada persona, permite permanecer legalmente en Francia mientras se tramita un permiso. El titre de séjour, por su parte, acredita el derecho de residencia.
En mi recorrido hubo permisos, renovaciones y, finalmente, una tarjeta de residente de diez años. Antes de cumplir cinco años viviendo en territorio francés, obtuve también la nacionalidad.
Todo esto que cuento en unas pocas líneas representó años de documentos, citas y comprobaciones. Porque una cosa es vivir en Francia y otra demostrar administrativamente, una y otra vez, que tienes derecho a seguir haciéndolo.
Libertad, Igualdad, Fraternidad… y cuatro días de clases
Durante aquel proceso tuve que asistir a la formación cívica organizada por la Oficina Francesa de Inmigración e Integración (OFII).
Cuatro días dedicados a conocer el funcionamiento de la República, sus instituciones, los derechos y deberes de quienes viven en ella y, especialmente, los principios sobre los que se sostiene el Estado francés.
Libertad, Igualdad, Fraternidad.
Y laicidad.
Este último principio me interesó particularmente. Francia entiende la laïcité como uno de los fundamentos de su organización republicana. No significa que las personas deban renunciar a sus creencias, sino que el Estado debe ser neutral frente a las religiones y garantizar la libertad de conciencia, dentro del marco legal.
Por supuesto, entre el ideal republicano y la realidad cotidiana también existen contradicciones. Francia tiene sus claroscuros, como cualquier país. Pero debo reconocer que aquella formación me produjo una impresión profunda.
Recuerdo la importancia que tuvo para mí asumir formalmente ese compromiso con los principios de la República. Fue algo tan serio que, cuando firmé el Contrato de Integración Republicana (CIR), sentí que me estaba casando por segunda vez.
Y no exagero.
Había llegado a Francia con mis propios valores, mi educación y mis convicciones. Pero ahora estaba asumiendo un compromiso con una sociedad que me ofrecía derechos y garantías y de la que también tenía que conocer y respetar sus normas.
Siendo muy honesta, y reconociendo que Francia tiene sus contradicciones, a veces pienso que este país es demasiado tolerante con quienes, habiendo asumido ese compromiso, después parecen olvidar lo que significa. Y lo mismo digo de quienes, habiendo nacido aquí, desconocen o desprecian los principios sobre los que se sostiene la República.
Pero mejor no me pongo intensa.
Porque el recuerdo más conmovedor de aquellas jornadas no tiene que ver con ningún documento.
En mi grupo había varios latinoamericanos, entre ellos cubanos y dominicanos. Dos muchachos cubanos, con ayuda de la traductora, le preguntaron al profesor si en Francia podían ser homosexuales libremente y casarse con quienes quisieran.
El profesor respondió que, por supuesto, tenían ese derecho.
Se abrazaron con tanta felicidad que hasta yo quería meterme en aquel abrazo.
Nunca olvidé esa escena. Para aquellos muchachos, algo que otros pueden dar por sentado representaba una posibilidad que hasta entonces no habían tenido.
Y eso me hizo comprender, desde otra perspectiva, la importancia de aquellos principios que llevábamos días estudiando.
El examen para convertirse en francesa
Con el tiempo llegó la posibilidad de solicitar la nacionalidad francesa.
Y, con ella, otra etapa de preparación.
Me puse a estudiar historia, geografía, instituciones, cultura y valores republicanos. Leí cuanto material encontré para prepararme. Mi actitud era la de quien va a presentar un examen universitario y no está dispuesta a dejar ninguna pregunta sin responder.
Por eso, cuando llegó la entrevista, iba preparada para casi cualquier cosa (incluso cantar la Marsellesa).
Lo que no esperaba era que la funcionaria estuviera más interesada en conversar conmigo que en someterme a un cuestionario.
Hablamos de mi vida, de mi trabajo, de mi dominio del francés y de los años que había pasado en Guyana Francesa.
Y ocurrió lo que conté al principio: terminó sorprendida por algunas de las cosas que yo sabía sobre aquel territorio francés de Sudamérica y de mi capacidad de presentar a Guyana como un lugar interesante para la astronomía.
Aquella experiencia me dejó una enseñanza. Prepararse es importante, aunque a veces las cosas no sucedan como uno las imagina.
También comprendí que integrarse no consiste solamente en memorizar las instituciones de un país. Es conocer su sociedad, participar en ella, comprender sus códigos y encontrar un lugar propio.
Por eso, si estás viviendo un proceso parecido, mi recomendación es que no reduzcas el aprendizaje del idioma a las clases. Haz voluntariado, participa en asociaciones, inscríbete en actividades y conversa.
Y sobre todo, lee y mucho. Incluso libros infantiles. Sí, leíste bien. Los niños franceses aprenden historia, geografía y cultura a través de materiales que pueden resultar magníficos para quienes estamos descubriendo el país desde otra lengua.
Escucha radio, mira televisión, sigue debates políticos. Aunque al principio entiendas la mitad y tengas que adivinar el resto.
Poco a poco, el idioma deja de ser solamente una herramienta para pedir una cita o comprar pan y comienza a convertirse en una forma de comprender a los demás.
Y, sobre todo, no permitas que el miedo a pronunciar mal una palabra te impida comunicarte. El acento seguirá allí, recordándote de dónde vienes, pero no tiene por qué convertirse en una barrera.
Y cuando creía que había terminado… llegó el permiso de conducir
Si obtener la nacionalidad francesa fue una carrera de resistencia, sacar el permiso de conducir merecería una medalla olímpica.
¡Seis veces presenté el examen práctico!
SEIS.
Nunca me interesó aprender a conducir en Venezuela, así que me tocó hacerlo en Francia, donde todo era nuevo para mí. El automóvil, las normas de circulación y hasta el vocabulario. De hecho, hoy conozco en francés términos relacionados con la mecánica que no sabría cómo decir en español.
También descubrí diferencias culturales bastante curiosas. Por ejemplo, aquí lo habitual es acudir a un taller para hacer un cambio de aceite, mientras que en Venezuela muchos conductores saben hacerlo por su cuenta, casi con la misma naturalidad con la que van a echar gasolina.
Pero volvamos a mi pequeña epopeya automovilística.
El examen teórico me tomó su tiempo de preparación, pero cuando finalmente lo presenté, lo aprobé a la primera y con una sola falla.
Hasta ahí, todo muy bien.
Pero enfrentarme a la conducción fue otro nivel.
En Guyana Francesa presenté el examen práctico tres veces. Y las tres terminé frustrada, cuestionándome cómo era posible que yo, que me había pasado la vida sacando buenas notas y superando exámenes, fuera tan tonta como para no conseguir aprobar uno de conducir.
Porque esa era la palabra que comenzaba a rondarme la cabeza: tonta.
Y lo peor es que, cuando uno comienza a pensar así, termina convirtiendo cada fracaso en una prueba de su supuesta incapacidad.
Al mudarme a Montpellier decidí volver a intentarlo. Pero los nervios me jugaban tan malas pasadas que estuve a punto de tirar la toalla.
Hasta que un día, uno de mis monitores me dijo algo que terminó cambiando mi manera de enfrentarme al examen.
Me hizo ver que estaba utilizando mi edad como excusa. Que yo sabía conducir y que lo único que tenía que hacer era demostrarlo.
Aquello me hizo pensar.
Porque era verdad que sabía conducir. Lo que no sabía era cómo evitar que mis nervios se sentaran al volante antes que yo.
Cuando suspendí por segunda vez en Montpellier, algo había cambiado. En lugar de salir sintiéndome inútil, pude identificar exactamente qué había hecho mal.
Ya no me estaba juzgando a mí misma. Estaba analizando mis errores.
Y eso, junto con darme un voto de confianza, fue lo que finalmente me ayudó a conseguirlo.
Por supuesto, el examen también tenía sus particularidades. No bastaba con conducir, estacionar y respetar las normas de circulación. Había que responder preguntas sobre el funcionamiento del vehículo, seguridad vial y primeros auxilios.
Sí, primeros auxilios.
Así que, además de aprender a conducir, me tocó estudiar cómo actuar ante determinadas emergencias.
Y allí estaba yo, estudiando otra vez, mientras intentaba comprender por qué algo que para tantos parecía sencillo se había convertido, para mí, en una prueba tan difícil.
Al sexto intento, finalmente aprobé.
Y aunque no me regalaron ninguna medalla, te aseguro que me la merecía.
No solo porque había conseguido el permiso, sino porque había dejado de asociar mis errores con mi capacidad para aprender.
Migrar: el nivel experto de Mario Bros
Si algo he aprendido de todos estos años es que migrar se parece bastante a llegar al nivel experto de Mario Bros.
No soy de videojuegos y ni siquiera sé si ese nivel existe. Pero, si existe, creo que ya estoy allí.
Porque cada vez que pensaba que había superado la última pantalla, aparecía otra con un obstáculo nuevo.
Primero fueron los documentos para casarme, después el visado, la residencia, los trámites de integración, la ciudadanía y, por supuesto, el permiso de conducir.
Y eso sin contar todas esas pequeñas pruebas cotidianas que ni siquiera aparecen en los manuales de migración: comprender una carta administrativa, resolver un problema por teléfono, explicar algo complicado en otro idioma o aprender cómo funcionan cosas que en tu país hacías casi sin pensar.
En cada etapa tuve que aprender algo. A veces fueron leyes, normas, palabras o procedimientos. Otras, como me ocurrió con el permiso de conducir, tuve que desaprender lo que había comenzado a creer sobre mí misma.
Quizás por eso, cuando alguien me pregunta cómo ha sido mi experiencia migratoria, me cuesta responder con una sola palabra.
Porque ha sido amable en muchos aspectos, pero no por ello sencilla. He tenido oportunidades, he conocido personas maravillosas y he conseguido cosas que me hacen sentir orgullosa. Pero también he tenido miedo, me he frustrado, he llorado y he dudado de mis propias capacidades.
Y aun así, aquí estoy.
Con una nacionalidad nueva, un permiso de conducir que me costó seis intentos y una colección de experiencias que difícilmente habría imaginado cuando salí de Venezuela.
Pero todavía quedaba otro aprendizaje.
Porque cuando llegué a Montpellier ya tenía la nacionalidad francesa. Sin embargo, eso no significaba que me sintiera inmediatamente en casa.
Había algo que ningún documento, curso o examen podía resolver por mí.
¿Cómo se aprende a pertenecer a una sociedad sin dejar de ser quien uno es?
De eso quiero hablarte en la segunda parte. Del idioma, las diferencias culturales, las conversaciones que me han hecho levantar una ceja y de lo que he ido descubriendo sobre mí misma desde que vivo en Francia.



Comentarios
Publicar un comentario