Cuatro libros y una telenovela: los viajes que la ficción compró antes que yo

Del Camino de Santiago a Tánger, pasando por Irlanda y París: lugares a los que llegué mucho antes de hacer la maleta

El turismo literario antes de estar de moda

Viajar siguiendo las páginas de un libro se puso de moda. De hecho, según el informe de tendencias de viaje 2026 de Skyscanner, el 55 % de los viajeros ha reservado o consideraría reservar un viaje inspirado en la literatura. Además, el 62 % considera importante disponer de tiempo para leer durante sus vacaciones. La cifra mezcla viajes realizados con simples intenciones —porque al marketing también le gusta viajar ligero de equipaje metodológico—, pero confirma que los libros siguen teniendo una sorprendente capacidad para mover personas.

Y pues, la pantalla no se queda atrás. Un estudio de Expedia reveló que el 66 % de los viajeros reconoce que una película, una serie o un programa de televisión ha influido en sus decisiones de viaje. El fenómeno incluso tiene un nombre bastante cinematográfico: set-jetting.

En síntesis, hoy existen rutas literarias, hoteles con bibliotecas, retiros de lectura y recorridos por escenarios de películas. Porque es que hay personas que buscan los cafés de sus escritores favoritos, las casas de personajes que nunca existieron y hasta paredes contra las que jamás se estrelló un tren rumbo a Hogwarts.

Pero, en los años noventa, cuando yo comencé a hacer esto, no se llamaba turismo literario. Para mí consistía en leer un libro, obsesionarme con un lugar y tomar alguna decisión logística de dudosa sensatez.

El Camino de Santiago y la monja que ya había leído mi expediente

El primer libro que consiguió levantarme del sofá y llevarme hasta un lugar fue El peregrino de Compostela, de Paulo Coelho.

Mi amiga Gaby estaba haciendo un máster en Santiago de Compostela y no se me ocurrió mejor idea que visitarla y, de paso, recorrer una parte del famoso Camino de Santiago.

El pequeño detalle —diminuto, insignificante— era que el Camino Francés completo ronda los 750 kilómetros desde Roncesvalles hasta Santiago. Caminando unos treinta kilómetros diarios, aquello suponía casi un mes de marcha, sin contar descansos, ampollas, crisis existenciales ni conversaciones con el apóstol.

Estaba en la mitad de la veintena, era joven y aventurera. Ambas cosas se han ido moderando con el tiempo.

Mi intención, en realidad, era recorrer unos 150 kilómetros. Tenía después un viaje pendiente a Suiza y ni siquiera Paulo Coelho podía multiplicarme las vacaciones.

La época tampoco ayudaba. Solo podía hacerlo en primavera y, en aquellos años, cuando no existían cuatrocientos blogs explicándote hasta qué calcetines debías llevar, todo el mundo me repetía que era una locura caminar sola y fuera del verano.

Antes de emprender el recorrido ocurrió la escena que todavía recuerdo con mayor claridad.

Ya en Santiago de Compostela, fui a la catedral para solicitar mi credencial, ese pasaporte en el que los peregrinos van reuniendo los sellos del Camino.

La monja encargada del registro comenzó el interrogatorio sin levantar la mirada:

—¿Nombre?

—Perla Crespo-Izaguirre.

—¿Edad?

—Veintiséis años.

—¿Ocupación?

—Periodista.

—¿Razón para hacer el Camino?

Entonces alzó la cabeza y me clavó esos ojos inquisidores que solo poseen las monjas, las directoras de colegio y algunas funcionarias de inmigración.

Yo no supe qué responder.

Ella esperó unos segundos y, antes de que pudiera inventarme una motivación espiritual suficientemente solemne, preguntó:

—¿Te leíste El peregrino de Compostela, verdad?

Volvió a bajar la mirada y anotó una respuesta que yo todavía no había dado.

«Algunas brujas se colaron en la Iglesia», pensé.

Acto seguido, me entregó la credencial, una lista de albergues y las instrucciones para obtener la Compostela: debía hacer el recorrido a pie, a caballo o en bicicleta y demostrarlo mediante los correspondientes sellos.

Con mi pasaporte de peregrina en la mochila, tomé un autobús —sola, naturalmente— hasta Ponferrada. Llegué de madrugada y terminé alojada en un hotel digno de una película de terror de bajo presupuesto. Después descubrí que el castillo templario por el cual había escogido aquel lugar estaba cerrado por obras.

Primer aprendizaje del turismo inspirado por los libros: los escenarios literarios no consultan tus fechas antes de entrar en restauración.

Comencé a caminar, pero no llegué a completar los 150 kilómetros de los 200 que me había propuesto. Cuando hacía la etapa entre Villafranca del Bierzo y O Cebreiro, comenzó a nevar y la tierra volvió a temblar.

Era el 22 de mayo de 1997. Aquella madrugada, a la 1:50, un terremoto de magnitud 5,1 había sacudido Galicia, con epicentro cerca de Triacastela, una de las localidades por las que continúa el Camino Francés. Durante el día siguieron registrándose réplicas.

Entre la subida, la nieve y la actividad sísmica, decidí detenerme poco antes de llegar a O Cebreiro.

Yo había salido detrás de una novela mística y la experiencia no  fue exactamente la del libro, pero sin él probablemente nunca habría llegado hasta allí. El resto de aquella aventura merece su entrada propia, así que no te haré spoilers.

Brida: el libro que tardó años en cobrar el pasaje

Dos libros de Paulo Coelho me llevaron de viaje

Durante los años noventa fui una lectora enamorada de Paulo Coelho. Y fue precisamente durante aquella estancia en Santiago cuando otro de sus libros cayó en mis manos.

Se llamaba Brida.

El título no me decía gran cosa, pero en sus primeras páginas aparecían dos palabras capaces de abrirme una puerta: «Irlanda» y «magia». La historia está situada entre agosto de 1983 y marzo de 1984 y comienza con una joven que desea aprender sobre el mundo mágico.

Yo ya había soñado alguna vez con Irlanda. A partir de esos sueños había construido en mi cabeza un país que olía a mar y a hierba mojada, con acantilados capaces de quitarte el aliento y caminos que probablemente conducían a algún lugar que no figuraba en los mapas.

El libro me gustó, aunque en ese momento no llegó a ser el más memorable de los que había leído de Coelho. Lo que yo ignoraba era que sus páginas habían depositado una pequeña semilla que tomaría su tiempo en germinar.

Mucho después, mi camino espiritual, la Wicca y mi dedicación a la diosa Brighid me llevaron finalmente a Irlanda. No seguí una ruta diseñada por Brida. La vida preparó una bastante más personal: Kildare, Dublín y Newgrange.

Cada uno de esos lugares conserva una impronta distinta en mi memoria.

Kildare fue el encuentro con Brighid y con una espiritualidad que había atravesado siglos de historia. Newgrange fue la piedra, la antigüedad y la sensación de estar frente a algo que la razón puede describir, pero no agotar.

Dublín, en cambio, es para mí Joyce y Wilde. Es literatura, pubs, viento y la enigmática aspereza de una ciudad que, a ratos, te hace sentir dentro de un videoclip de The Cranberries.

Brida no me entregó un itinerario. Hizo algo más poderoso: incorporó Irlanda a mi geografía interior mucho antes de que yo supiera cuándo ni por qué llegaría hasta allí.

París, siempre París… aunque en pequeñas dosis


Hay miles de libros capaces de llevarte a París.

La ciudad ha sido escenario de amores imposibles, revoluciones, crímenes, conspiraciones, artistas hambrientos y turistas dispuestos a pagar siete euros por un café porque la mesa tiene vistas a una calle bonita.

Basta visitarla para entender por qué la ficción insiste tanto en ella. Novelas, películas y series la utilizan una y otra vez como escenario. París parece haber firmado un contrato de exclusividad con la imaginación occidental.

Pero hay dos libros que, para mí, la presentan de maneras muy distintas: Nosotros en la luna, de Alice Kellen, y, por supuestísimo, El código Da Vinci, de Dan Brown.

Nosotros en la luna comienza con un encuentro en el metro parisino. Ginger intenta comprar un billete, la máquina se resiste y allí aparece Rhys. Alice Kellen convierte una situación tan cotidiana como pelearse con el transporte público en el punto de partida de una historia.

Ese detalle me gusta porque el metro de París no suele parecer el lugar más romántico del planeta. Es eficiente, laberíntico, a veces sofocante y perfecto para comprobar que el amor literario posee una tolerancia al estrés muy superior a la nuestra.

Dan Brown hizo algo diferente. El código Da Vinci consiguió que millones de lectores miraran el Louvre como si detrás de cada obra hubiese una contraseña, una sociedad secreta o un conservador dispuesto a dejar una pista antes de morir.

Después de leerlo, ya no visitas el museo de la misma manera. No contemplas únicamente las obras: buscas conexiones, símbolos y mensajes ocultos. Dan Brown convirtió la historia del arte en una gigantesca sala de escape.

Ahora bien, tengo una confesión poco popular: la primera vez que visité París, en 2008, me decepcionó.

Me pareció una ciudad fría, dura y distante. Hermosa, sí. Culta, indiscutiblemente. Llena de rincones capaces de maravillarte, también. Pero nunca sentí ese enamoramiento inmediato que tantas personas describen.

Para mí, París es como uno de esos parientes intensos a los que quieres, admiras y visitas una vez a la cuaresma. Una convivencia demasiado prolongada podría terminar afectando la relación.

Después de aquella primera vez regresé en otras ocasiones y hasta conseguí reconciliarme con la ciudad. Sin embargo, sigo prefiriéndola en dosis moderadas.

Y quizá esa sea una de las trampas deliciosas del turismo literario: los libros nos venden una ciudad cuidadosamente editada, pero la ciudad real llega con tráfico, cansancio, precios, clima y habitantes que no han leído el guion.

El Clon: cuando una telenovela te vende un país con iluminación perfecta


Aunque podría hablar de muchas películas que me han hecho soñar con países y ciudades, para explicar el poder de la pantalla prefiero escoger una telenovela brasileña.

A principios de los años 2000, TV Globo lanzó O Clone, conocida en Hispanoamérica como El Clon. Escrita por Glória Perez, la producción mezclaba romance, clonación, dependencia química, tradición, modernidad y cultura musulmana con el estilo visual casi cinematográfico que caracterizaba a las grandes producciones de la cadena.

La telenovela se convirtió en un fenómeno. Fue vendida a más de noventa países y parte de sus primeras escenas se rodó durante cuarenta días en varias ciudades de Marruecos.

En Caracas paralizaba los mediodías.

Nos enganchamos con la historia de Jade y Lucas, con la música, los tejidos, los mercados, las joyas, la danza del vientre y aquella versión televisiva de Marruecos donde cada bandeja de té parecía haber sido colocada por un director de fotografía.

Más de una persona quiso conocer el país o aprender belly dance. Yo hice ambas cosas, aunque en momentos distintos.

El Clon nos vendía el Marruecos de las postales: construcciones magníficas, mercados llenos de colores, telares, especias, té de menta y el contraste permanente entre tradición y modernidad.

Marrakech, Fez y Casablanca siguen pendientes en mi lista. Mi primera visita, sin embargo, fue a Tánger.

Unas amigas me llevaron allí para celebrar mi cumpleaños. Tánger arrastraba una historia fascinante como antigua zona internacional y enclave estratégico. Durante la Segunda Guerra Mundial fue territorio de diplomáticos, agentes, operaciones secretas y luchas de influencia. Era una ciudad con suficiente material como para producir sus propias novelas de espionaje.

Allí viví dos situaciones difíciles de olvidar.

La primera fue conocer a un guía sordo que se comunicaba mediante gestos. Apareció cuando un grupo de hombres comenzó a rodearnos y la situación se volvió amenazante. Aquel hombre no solo intervino y nos ayudó a salir de allí: nos acompañó durante buena parte del recorrido, nos llevó a varias tiendas y terminó invitándonos a su casa para presentarnos a su esposa y a su madre.

Acabamos tomando té con su familia.

La segunda experiencia fue descubrir que, al parecer, muchas personas me confundían con una mujer de la zona. En varias tiendas, algunos comerciantes me ignoraban olímpicamente. Solo cambiaban de actitud cuando me oían hablar español y comprendían que era extranjera.

No sé si aquello debía hacerme sentir integrada o ligeramente ofendida. Probablemente ambas cosas.

Mi experiencia en Tánger no convierte a Marruecos en un país hostil ni invalida su hospitalidad. Pero tampoco pienso esconder los momentos incómodos para no estropear la postal.

Viajar siendo mujer exige, en determinados contextos, informarse bien, organizar los desplazamientos, entender los códigos locales y saber cuándo conviene contratar un guía o integrarse en un grupo. La prudencia no elimina la aventura: evita que la aventura termine convertida en denuncia policial.

La televisión me había mostrado un Marruecos seductor y cuidadosamente iluminado. Tánger me enseñó otro: complejo, hospitalario, desconcertante y real.

Los lugares a los que llegamos antes de llegar

El turismo literario y cinematográfico no nació con BookTok, Netflix ni Instagram. Los lectores llevan siglos visitando las casas de los escritores, siguiendo los pasos de personajes ficticios y buscando paisajes que conocieron primero mediante las palabras.

Lo nuevo es la escala.

Ahora las historias se convierten rápidamente en rutas oficiales, campañas turísticas, hoteles temáticos y localizaciones preparadas para la fotografía. La ficción inspira el deseo; el algoritmo lo multiplica y la industria turística coloca un código QR junto al escenario.

Pero seguimos viajando por la misma razón: queremos comprobar si el lugar real se parece al que construimos en nuestra cabeza.

A veces se parece. Otras veces el castillo está cerrado, el metro carece de romanticismo o el destino nos obliga a mirar más allá de la postal.

¿Qué historia te obligó a viajar?

Ahora quiero conocer la tuya.

¿Qué libro, película o serie consiguió sacarte de casa y llevarte hasta un lugar que ya conocías en la imaginación? ¿Y cuál te tiene ahora mismo mirando mapas, calculando presupuestos o buscando vuelos que todavía juras que no vas a comprar?

Cuéntamelo en los comentarios.

Mi próxima parada ya está decidida: Stonehenge.

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