Tres estancias con encanto en España que debes conocer
Tres estancias marcaron nuestra ruta de verano por España:
La Cambra, en Potries;
Las Cinco Ranas, en Brazatortas;
y Convento San Roque, en Balmaseda. Entre detalles para Brando, celebraciones con amigos y una sorpresa venezolana, cada lugar terminó formando parte de nuestra historia.
Cuando haces un recorrido largo durante las vacaciones y viajas con otras personas, escoger bien dónde quedarse es complicado, para decir lo menos. Hay que conciliar gustos, necesidades, presupuesto y, en nuestro caso, asegurarse de que Brando también sea bienvenido.
Yo suelo decir que con dos baños, aire acondicionado, wifi y secador de pelo estoy contenta. Una lista bastante razonable, sobre todo si lo de compartir baño empieza a parecerse a organizar turnos en un ministerio.
En esta ruta de verano viajamos mi esposo, Brando y yo. Su hija nos acompañó en el tramo de Tarifa a Sevilla. Entre tantos alojamientos, hubo tres que se ganaron un lugar especial en nuestros recuerdos: una casa rural en Potries, un hotel que tuvimos entero para celebrar entre amigos y un antiguo convento en Balmaseda.
Cada uno por razones distintas. Porque el encanto también está en cómo te reciben, en lo que vives allí y, a veces, en lo que encuentras al salir a buscar la cena.
La Cambra, en Potries: el lujo de sentirse esperado
La primera fue La Cambra, una casa rural del siglo XIX en Potries, en la comarca valenciana de La Safor. La escogimos como parada de dos noches en nuestro trayecto entre Barcelona y Málaga.
Denys ya me había advertido que sería el alojamiento más caro de la ruta. Pero créeme cuando te digo que, para nosotros, valió cada euro invertido.
La casa conserva ese carácter de las construcciones antiguas, aunque con las comodidades y los detalles de buen gusto que uno agradece en el siglo XXI. Nosotros nos alojamos con Brando y, desde la llegada, quedó claro que también lo estaban esperando a él.
Tony, nuestro anfitrión, le había preparado una camita y sus recipientes para el agua y la comida. Puede parecer un detalle pequeño, hasta que llevas unos cuantos kilómetros preguntando dónde admiten perros y bajo qué condiciones. Encontrar esas cosas listas te hace sentir que tu compañero de viaje tiene su propio lugar en la casa.
Además, Tony es un encanto. Nos explicó qué podíamos hacer en Potries, qué sitios merecía la pena visitar y dónde comer, con horarios incluidos. También nos indicó dónde hacer compras en las proximidades. Salimos de aquella bienvenida prácticamente con la estancia organizada.
Con todo bien encaminado, nos dispusimos a disfrutar.
Dimos una vuelta por Potries y nos acercamos a un río de los alrededores. Allí descubrimos una faceta de Brando que no conocíamos: acalorado, empezó a saltar al agua como si fuera un pequeño terranova.
La vocación le duró lo que el calor. Porque, seamos sinceros, este perro tiene bastante más de gato que de perro de rescate.
Al día siguiente recorrimos Villalonga y nos acercamos a las estribaciones de la sierra de la Safor. Encontramos un rincón con cascadas y aguas cristalinas donde pudimos darnos un chapuzón los tres. En aquel momento estábamos solos, así que disfrutamos del agua y de esa tranquilidad que cuesta tanto encontrar cuando todo el mundo parece haberse puesto de acuerdo para salir de vacaciones al mismo tiempo.
Fueron dos noches de descanso, paseos y una comodidad que nos permitió bajar el ritmo de verdad.
La sorpresa final llegó cuando nos preparábamos para salir: Tony nos regaló un libro que había editado sobre sus viajes.
Un libro cuidado, con fotografías e historias que daban ganas de hacer la maleta otra vez. Un detallazo. Y lo digo también como escritora, porque sé cuánto trabajo y cuánta vida puede haber entre dos tapas.
Denys lo tiene de libro de cabecera y ya empezó a revisar qué partes de las rutas de Tony le faltan por recorrer.
Tony, has creado un monstruo. Uno con cámara y muchas ganas de seguir manejando.
Las Cinco Ranas, en Brazatortas: un hotel entero para celebrar
La segunda estancia especial fue en Brazatortas, en la provincia de Ciudad Real. Y aquí tengo que contar algo: cada vez que mencionábamos nuestro destino a alguien de España, nos miraba con una expresión que yo traducía más o menos así:
«¿Qué carajos van a hacer ustedes allá?».
Pues teníamos una muy buena razón. Mi amiga Carmen Alejandra había escogido el lugar para celebrar nuestra renovación de votos y Lughnasadh.
Desde Sevilla hicimos un trayecto largo, durante el cual Denys y yo disfrutamos viendo cambiar el paisaje. Al llegar nos encontramos con un pueblo pequeño. Y cuando digo pequeño, el «ito» de pueblito es importante para entender mi primera impresión.
Las casas sencillas, el silencio, la tranquilidad… Confieso que por un momento pensé: «Oh, oh».
Entonces cruzamos la puerta del Hotel Rural Las Cinco Ranas, y se me quedó la boca abierta.
Habíamos reservado el hotel completo para quienes participarían en la celebración. Tenerlo a nuestra disposición nos permitió instalarnos y compartir con una libertad que hizo mucho más íntima la experiencia.
El patio central, con reminiscencias andaluzas, daba paso al comedor, a las escaleras que llevaban a las habitaciones superiores y al exterior. Más allá estaba la piscina, en un patio lleno de encanto y comunicado con la cocina. Una distribución que agradecimos cada vez que había que buscar algo de comer o una bebida fría.
La verdad es que las fotos no le hacen justicia al lugar.
Las habitaciones tenían baño propio y una decoración que me hacía sentir dentro de una película de época. Cada una guardaba algún detalle distinto, algún objeto que invitaba a detenerse y mirar.
Denys y yo nos quedamos en la suite con vista a la piscina. Nuestros invitados también quedaron encantados con sus habitaciones, así que la elección de Carmen Alejandra fue un acierto colectivo.
Además de bonito, el hotel nos resultó cómodo y bien equipado. La persona que lo llevaba durante nuestra estancia nos atendió muy bien: se ocupó de que tuviéramos bebidas frías al llegar y nos orientó para hacer las compras en Puertollano. Allí también fuimos a buscar a la estación a algunos amigos que llegaban desde Madrid y Barcelona.
Una vez reunidos, apenas necesitamos salir.
Entre la piscina, los espacios comunes y las conversaciones, el hotel nos daba todo lo que necesitábamos para estar juntos. Y eso tenía mucho valor, porque no habíamos ido solamente a conocer un lugar: habíamos ido a celebrar.
Nunca imaginé que nuestra renovación de votos y aquel reencuentro con mi querida familia mágica para celebrar un sabbat tendrían un escenario así.
Todavía pienso en la cara de quienes nos preguntaban qué íbamos a hacer en Brazatortas. Nosotros tampoco sabíamos, al principio, todo lo que nos esperaba.
Convento San Roque, en Balmaseda: historia, un ventilador y una sorpresa venezolana
La última de estas estancias fue el Hotel Convento San Roque, en Balmaseda. Sí, leíste bien: convento. El edificio fue un convento de monjas clarisas del siglo XVII y hoy alberga un hotel y un restaurante.
Desde que lo vimos nos gustó.
Nuestra intención era alojarnos lo más cerca posible de Bilbao, pero no encontramos una opción que nos encajara. Balmaseda nos pareció una alternativa y después descubrimos que quedarnos allí había sido una suerte.
Para mí, además, llegar al País Vasco tenía un significado personal. Era acercarme a las tierras de mis antepasados. En la historia de mi familia, los Izaguirre venían de esta parte de España antes de establecerse en Canarias y, más tarde, llegar a Venezuela.
Con eso en la cabeza, recorrí Balmaseda con una curiosidad que iba un poco más allá del turismo.
La villa tiene encanto. Durante nuestra visita, la brisa de la montaña y un cielo distinto al que habíamos tenido en Potries y Brazatortas cambiaron el tono del viaje. El río Cadagua, que atraviesa Balmaseda, completaba aquel paisaje que invitaba a caminar sin apuro.
En el hotel nos cautivaron la piedra, la madera y ese aire antiguo y sobrio que aparecía desde la recepción hasta el espacio del desayuno y el patio central. Me daban ganas de recorrerlo despacio, mirando cada rincón.
Como llegamos temprano y la habitación (o la celda, como le dicen en la explicación de la web del hotel) todavía no estaba lista, nos quedamos a almorzar en el restaurante. Encontramos una carta y un ambiente cuidados, con un servicio que disfrutamos mucho.
Con Brando solo nos permitieron comer en el patio. Aunque habíamos podido alojarnos con él, el acceso al restaurante tenía esa limitación. En nuestro caso, la calidad de los platos y la atención hicieron que disfrutáramos igualmente del almuerzo.
Ahora bien, con la habitación debo ser sincera: esperaba algo más.
La nuestra no tenía aire acondicionado y, aunque en Balmaseda no sentíamos el calor de Sevilla, seguía siendo verano. Un ventilador nos ayudó a resolverlo, pero era un detalle importante para mí. Ya sabes que estaba en mi lista de requisitos, junto con el secador.
El resto de la «celda» nos resultó correcto. Lo que más disfruté del hotel fueron sus espacios comunes, el restaurante y el ambiente del edificio. También agradecimos disponer de estacionamiento y poder salir caminando hacia el centro. Cuando uno viaja en carro, dejarlo quieto un rato también forma parte del descanso.
Por la noche, el lugar ganaba todavía más encanto. La iluminación cálida acentuaba la piedra y la madera, y yo intentaba imaginar cómo habría sido la vida allí cuando era un convento. Por dentro me costaba reconstruirlo; desde fuera, su aspecto de pequeña iglesia me ayudaba un poco más.
En nuestros paseos por Balmaseda nos detuvimos ante un reloj de sol, recorrimos la plaza, miramos su iglesia y caminamos cerca del río. Sin embargo, el hallazgo que más me emocionó apareció cuando salimos a buscar dónde cenar.
Aquella era nuestra última noche y, como durante nuestra estancia el hotel no ofrecía cena, decidimos quedarnos en Balmaseda y disfrutar del pueblo.
Íbamos leyendo los menús expuestos a la entrada de los locales cuando vi una palabra que me hizo detenerme: tequeños.
Bueno, a estas alturas encontrar tequeños en España tampoco es tan raro. La cosa cambió cuando seguí leyendo: arepitas, empanadas, guarapita…
«Ya va. ¿Qué pasa aquí?».
Entré a preguntar y empezó a sonar «Llorarás», de Oscar D’León.
Fue como llegar un domingo a comer sancocho en casa de mi abuela, con mi hermano haciendo de DJ.
Habíamos encontrado La Bodega, una tasca donde pude volver por un rato a esos sabores que uno lleva en la memoria. Las empanaditas y los tequeños estuvieron entre los más sabrosos que me había comido en años.
Sabían a mi casa.
Así que, para mí, La Bodega se ganó su lugar entre los recuerdos de Balmaseda. Y también en esta entrada, aunque haya empezado hablando de hoteles.
De aquellas tres estancias recuerdo la belleza y la comodidad, sí. También la camita que esperaba a Brando, el libro que sigue haciendo viajar a Denys, el patio donde celebramos entre amigos y una canción que me devolvió a la mesa de mi abuela.
Si visitas alguno de estos lugares, vuelve por aquí y cuéntame cómo te fue. Me encantará saber qué encontraste, qué ha cambiado y qué historia te llevaste tú.





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