Sevilla una ciudad con historias para quedarse
Tres días en Sevilla, un alojamiento
en Triana y ninguna ruta estricta.
Entre monumentos, atardeceres
y una duquesa de bronce, un sitio de paso
que terminó dejándome historias
que todavía me hacen sonreír
A Sevilla fuimos este verano de paso. Sí, suena raro, porque debió ser uno de los puntos fuertes de nuestra ruta por España, pero es la verdad. Y como suele pasar cuando uno llega a un lugar sin demasiadas expectativas, la sorpresa fue astronómica.
La ciudad me pareció preciosa, limpia, fácil de recorrer y con un centenar de cosas por hacer, ver y visitar. Tanto, que nuestros tres días se quedaron cortos. Aunque alcanzaron para reencontrarme con una amiga, conversar con una duquesa de bronce y protagonizar un equívoco con una billetera que mi esposo todavía no me deja olvidar.
Pero vamos por partes.
Triana fue un acierto sin haberlo planeado
Por casualidad conseguimos alojamiento en Triana, y aquello fue una bendición y un lujo. Sin saberlo, habíamos escogido un lugar que nos venía de maravilla para disfrutar de Sevilla.
Nuestro Airbnb estaba cerca del mercado, en una calle donde por la mañana era fácil encontrar dónde desayunar y por la noche dónde cenar o simplemente tomarse algo plácidamente. Aunque Triana forma parte de los recorridos turísticos, durante nuestra estancia encontramos ese ambiente de barrio que tanto agradezco cuando viajo.
También tuvimos suerte con el tiempo. Recuerdo temperaturas por debajo de los 30 grados durante nuestros paseos y una sensación mucho más agradable de la que esperaba encontrar en Sevilla en pleno verano. A nosotros nos permitió caminar y disfrutar a nuestras anchas.
Durante tres días cruzamos el puente de Triana y nos internamos en el casco histórico. Teníamos algunos puntos en mente, pero ninguna ruta estricta. Y eso, aunque luego nos dejara unas cuantas visitas pendientes, tuvo sus ventajas.
La catedral y la pretensión de tener a Dios de nuestro lado
La primera parada era la catedral. Un monumento impresionante desde donde se lo mire, levantado en el lugar que ocupó la antigua mezquita mayor. La UNESCO lo describe como el mayor edificio gótico de Europa. Sus puertas y sus detalles pueden mantenerte embelesado durante un buen rato.
Un punto importante en ella es la Giralda. Fue impactante, lo confieso. El antiguo alminar de la mezquita sigue ahí, convertido en campanario y coronado por un remate renacentista. La historia de la ciudad se puede leer en esa misma torre.
Quizás lo que más me removió fue la ironía que entraña. Dos religiones que hablan de amor y seres humanos disputándose el derecho a tener a Dios de su lado, como si la razón divina pudiera pertenecerle a alguien. Una entelequia, al fin y al cabo, porque muchas veces, cuando decimos defender a la divinidad, no hacemos más que defender nuestra propia manera de imaginarla o nombrarla.
Desafortunadamente, no pudimos entrar. Nos quedaron pendientes el retablo mayor, la tumba de Cristóbal Colón, el coro, las capillas laterales y, cómo no, el Patio de los Naranjos, otro de los espacios heredados de la antigua mezquita. Suficientes motivos para volver y dedicarle a la catedral el tiempo que merece.
Otra cosa que amé fueron los coches de caballos y sus cocheros. Le añaden un toque romántico a una ciudad que ya tiene encanto de sobra. Claro, Brando, mi perrito, no estuvo nada de acuerdo conmigo. En cuanto veía acercarse uno, se ponía furibundo, así que procurábamos no toparnos con ellos.
Me habría gustado dar una vuelta en alguno. Brando tenía otros planes.
Perderse por el centro y quedarse con ganas de más
Disfruté mucho perderme por las calles del centro. No seguir un itinerario específico nos permitió descubrir por casualidad la plaza de San Francisco, la Plaza Nueva y el Ayuntamiento, y detenernos donde nos provocaba.
Al Real Alcázar le pasamos por un lado. No nos dio tiempo de visitarlo, pero sí de darnos un banquete de callejuelas pintorescas en el barrio de Santa Cruz. Amé esa parte de la ciudad.
Demasiado tarde me enteré de que existe este free tour de misterios y leyendas de Sevilla. Con lo que me gustan esas historias, me habría encantado hacerlo. Otra cosa que quedó para la próxima.
Plaza de España y el parque de María Luisa
Para mí, uno de los lugares más impresionantes de Sevilla, por su belleza y su estilo, es la Plaza de España, en el parque de María Luisa. Diseñada por Aníbal González para la Exposición Iberoamericana de 1929, tiene un gran edificio semicircular rematado por dos torres. Su arquitectura regionalista combina referencias renacentistas, barrocas y mudéjares.
Los 48 bancos revestidos de azulejos están dedicados a provincias españolas e incluyen mapas, escudos y escenas que remiten a su historia. Uno podría pasar un buen rato recorriéndolos y mirando sus detalles.
La plaza también tiene un canal que sigue su curva, atravesado por cuatro puentes, donde se puede pasear en barca cuando el servicio está operativo. Sin embargo, cuando fuimos estaba seco. Me quedé imaginando cómo se verían los edificios reflejados en el agua. Debe ser mágico contemplarla así.
El parque de María Luisa, por su parte, me pareció un pulmón de la ciudad. Y no solo por su vegetación, sino por la paz que se respira en él. Después de caminar entre monumentos, calles y plazas, se agradece encontrar un espacio donde bajar el ritmo.
Un aperó junto al Guadalquivir
Estar hospedados en Triana nos permitió pasear por ambas márgenes del Guadalquivir y acercarnos repetidamente a la Torre del Oro. El río terminó formando parte de nuestra rutina sevillana.
Por las tardes veíamos pasar barcos de paseo. Algunos tenían un aspecto similar al de las embarcaciones que circulan por el Sena, en París, y otros tenían ese aire de barco antiguo que a uno le despierta las ganas de subirse, aunque ya lleve el día bastante ocupado.
Además, encontramos lugares en ambas orillas para comer o disfrutar de un buen aperó. Ya sabes: esa costumbre francesa del aperitivo se me quedó después de tantos años viviendo en esta cultura. Solo que en Sevilla venía acompañada de una vista del río y unos colores al atardecer que daban ganas de quedarse otro rato.
Desde el puente de Triana, con la Torre Sevilla en el paisaje, disfrutamos durante tres días de una de esas vistas que explican por qué tantos terminamos sacando el teléfono o la cámara al mismo tiempo.
Cuatro momentos de mi Sevilla
Creo que de Sevilla tengo para contar mil cosas, pero hubo cuatro momentos que hicieron de esta visita algo muy mío.
El primero fue reencontrarme con María del Mar Ramírez, una amiga muy querida de la universidad, profesora de la Universidad de Sevilla y escritora, de quien siempre he sido fan.
Verla después de casi treinta años fue maravilloso. Además, ocurrió algo que me sigue emocionando: fue como si el tiempo no hubiera pasado entre nosotras.
En su casa comimos la mejor paella de mi vida y compartimos una velada llena de recuerdos de Caracas. A veces uno recorre kilómetros para conocer una ciudad y termina encontrándose también con una parte de su propia historia.
La segunda anécdota es un poco loca. Suelo reservarme un espacio para mí en cada viaje: estar sola, caminar sin compañía y hacer algún recorrido por mi cuenta.
En Sevilla, ese paseo me llevó por la zona del Paseo de las Delicias hasta los Jardines de Cristina. Iba un poco perdida, para variar, cuando me topé con una estatua.
Me llamó la atención de inmediato. O, mejor dicho, fue como si me llamara ella.
Siguiendo mi instinto, me acerqué y le dije:
—Chica, pero yo te conozco.
Y sentí que se rio.
Traté de recordar su nombre, pero terminé dándome por vencida y leyendo la identificación a sus pies. Cayetana de Alba.
—¡La duquesa! —solté.
Y sentí que volvió a reírse.
No sé por qué me llené de emoción. La sentí feliz. Como si Sevilla fuera su lugar feliz.
La escultura de bronce, obra de Sebastián Santos Calero, fue inaugurada en 2011 y representa a Cayetana con un mantón de Manila. La propia duquesa estuvo presente en su inauguración.
No sé si las estatuas guardan algo de los personajes a los que representan, sin embargo, te aseguro que esta tiene algo especial. Quizás estaba un poco cucú por el calor o por tanto caminar. Pero esa estatua habla, créeme.
La tercera historia todavía me da risa. Desde que vi la Torre Sevilla a lo lejos y María del Mar me contó que se podía tomar algo en su mirador, quise subir.
A mi esposo le pareció una excelente idea: una vista de 360 grados de la ciudad era una buena oportunidad para hacer fotos. El mirador Atalaya, en la planta 37 del hotel Eurostars Torre Sevilla, permite precisamente eso.
Fuimos a primera hora de la tarde y conseguimos un sofá frente a una parte del ventanal panorámico. Mi esposo dejó sus cosas, yo las mías, y él se fue al baño.
Entonces vi una billetera sobre la mesa.
«Pero qué loco, cómo va a dejar eso ahí», pensé. Y enseguida se me ocurrió hacerle una broma: guardarla y esperar a verle la cara cuando fuera a pagar las bebidas.
La guardé, muy satisfecha con mi ocurrencia.
Cuando regresó, me levanté a recorrer el lugar. La panorámica es fantástica, pero el vértigo hizo de las suyas y, en cuanto empecé a sentirme mareada, volví al sofá.
Mi esposo me esperaba para pedir las bebidas cuando vi entrar a un señor con cara de angustia, acompañado de una de las empleadas.
Estaba buscando su billetera.
«Trágame, tierra y escúpeme en Pekín», pensé.
Intervine de inmediato y le expliqué que la había recogido pensando que era la de mi esposo. El señor, aliviado, me agradeció y me mostró que era suya. Yo no sabía cómo disculparme.
Hasta el sol de hoy, mi esposo se burla de mí preguntándome qué habría pasado si el señor no hubiera aparecido y me hubieran detenido por carterista en Sevilla.
Moraleja: más vale caer en gracia que hacerse el gracioso. Sobre todo si la gracia puede acabar teniendo que explicársela uno a la policía.
La última historia ocurrió después de mi conversación con Cayetana. De camino a nuestro alojamiento, decidí detenerme en un lugar de Triana que me había llamado la atención por su nombre: Casa Berrinche.
Me senté a tomar algo y descansar. Aproveché para revisar mis correos y leer algunas cosas pendientes en aquel ambiente agradable y tranquilo. Al rato, mi esposo me llamó; pagué y salí a su encuentro.
Al día siguiente, el último en Sevilla, me di cuenta de que había dejado allí mis lentes de sol. Unos Ray-Ban que amo con locura.
Sabía que ese era el único lugar donde podía haberlos olvidado, así que volví a preguntar, aunque con pocas esperanzas.
Me los habían guardado.
Este tipo de gestos le devuelve a uno la fe. Y también dice mucho del cuidado con el que te han tratado. Un cliente bien atendido y cuidado puede convertirse en amigo de la casa y en un publicista en potencia. La prueba está aquí: sigo contando la historia.
De Sevilla me traje muchas imágenes, pero también el abrazo de una amiga, la risa que creí escuchar en una estatua, una broma que me salió al revés y unos lentes recuperados.
Para haber ido de paso, no estuvo nada mal.






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