Montpellier, un año después

 
La ciudad a la que llegué el Día de la Independencia

Montpellier una ciudad pet friendly

Llegué a Montpellier el 5 de julio de 2025. Un año después, sigo descubriendo una ciudad capaz de pasar de la Edad Media al futuro en unas pocas calles y de discutir de historia, arte y gastronomía sin abandonar la terraza.

Te doy contexto: el 5 de julio es una fecha poco discreta para un venezolano. Por poco nacionalista que seas, hay una vocecita que saca la bandera, entona el himno y desempolva aquella imagen de la firma del Acta de Independencia de 1811 que tanto nos mostraron en el colegio.

Entonces, haber aterrizado en Montpellier el 5 de julio de 2025 tiene, para mí, un significado muy especial.

Conmigo venían Pinky —obvio—, Brando, mi perrhijo guyanés, y mi esposo. Pero también la memoria de los lugares que ya había habitado y una independencia bastante menos solemne: la de comenzar otra vez sin saber todavía cuál tranvía tomar ni cuánto tardaría este lugar en dejar de parecerme ajeno.

Mi primera impresión de Montpellier fue sensorial. El romero, la lavanda y una banda sonora de chicharras fueron su manera de presentarse y darme la bienvenida. Un año después, puedo decirte que los inviernos en ellas no son tan fríos, que la primavera es ventosa y de cielos azules hermosos y que el verano se despide en septiembre y el otoño es de solo un mes. Así que, como verás, Montpellier ha sido amable conmigo y sobre todo con Brando, pues es una ciudad pet-friendly.

Claro, es que estamos aún en fase de enamoramiento. Y como todavía no termino de conocerla, sus misterios se han convertido en uno de sus mayores atractivos.

Porque es que hay lugares que se entregan durante el primer paseo: posan, sonríen y muestran su perfil más fotogénico. Pero esta chica  no. Montpellier se muestra por capas.

Cuando crees haber entendido su aire universitario, aparece una calle medieval. Cuando te has instalado cómodamente en el pasado, descubres que el celebérrimo Ricardo Bofill trazó un eje en medio de la ciudad para conectar dos puntas de su historia. Y cuando la arquitectura contemporánea consigue que mires hacia arriba, una obra de street art te obliga a detenerte ante una pared.

Así que en esta entrada no pretendo contarlo todo. En ella quiero darte un abrebocas de una ciudad que merece varias entregas.

Tomar café en calles de la Edad Media

El centro histórico de Montpellier se conoce como el Écusson por la forma de escudo del antiguo recinto urbano. Allí las calles se estrechan, las fachadas parecen guardar susurros de varios siglos y las plazas aparecen cuando menos lo esperas, casi siempre ocupadas por mesas, estudiantes y personas que dominan el arte francés de sentarse a mirar.

Pero Montpellier no es un decorado medieval conservado bajo una campana de cristal. Es un centro vivo en el que se compra, se come, se protesta, se pinta y se llega tarde a alguna parte. Ese tránsito constante entre lo antiguo y lo cotidiano evita que la historia se vuelva solemne.

Nacida como enclave comercial, Montpellier creció en un cruce de influencias mediterráneas. Por aquí circularon saberes médicos procedentes de las tradiciones judía, árabe e italiana mucho antes de que las universidades se convirtieran en una marca de ciudad.

Y aquí conviene hacer una precisión: la Universidad de Montpellier no es la más antigua de Europa —Bolonia podría explicarlo bastante bien—. Pero, su Facultad de Medicina, cuyos primeros estatutos datan de 1220 y que se considera la más antigua del mundo occidental que continúa en actividad.

A este dato se le suma el de que por sus aulas pasó François Rabelais, quien obtuvo el doctorado en 1537. Nostradamus también se matriculó, aunque su expediente fue menos glorioso que la leyenda: una de sus inscripciones fue tachada, al parecer porque su formación como boticario chocaba con las reglas universitarias. Digamos que antes de predecir el futuro ya había conseguido complicarse el presente.

Una ciudad que discutió su fe a cañonazos

Visuales de Montpellier

Los cimientos de Montpellier no solo hablan de medicina y estudiantes. También recuerdan una época en la que las diferencias religiosas se resolvían con una contundencia que convierte nuestras discusiones en redes sociales casi en ejercicios de diplomacia.

Montpellier fue un importante bastión protestante durante las Guerras de Religión. En 1622, las tropas de Luis XIII sitiaron durante cincuenta días la ciudad, defendida por la rebelión protestante del duque de Rohan. Finalmente, Montpellier se sometió sin haber sido vencida militarmente, en un episodio que transformó su vida política, social y urbana.

Esto te lo cuento porque saberlo cambia la manera de caminar por el centro. La catedral de Saint-Pierre, las antiguas fortificaciones y los edificios reconstruidos revelan una ciudad donde la convivencia religiosa no siempre fue una aspiración: durante mucho tiempo fue un campo de batalla.

Quizás por eso me interesa tanto observarla. Como venezolana, migrante y mujer vinculada desde hace años a la defensa de la libertad de culto, no puedo mirar esa historia como una simple sucesión de fechas. La tolerancia que hoy damos por sentada en ciertos espacios europeos no apareció por generación espontánea. Tiene cicatrices, retrocesos y demasiados muertos detrás.

Del Écusson al futuro sin cambiar de zapatos

Montpellier entre pasado y presente

Una de las rarezas más seductoras de Montpellier es la velocidad con la que cambia de siglo.

Desde el centro antiguo se puede caminar hacia Antigone, el barrio proyectado por Ricardo Bofill en los años ochenta sobre un antiguo terreno militar. Su eje peatonal conecta el centro con el Lez mediante plazas amplias, geometría, columnas y referencias a la Grecia clásica.

Después de la intimidad irregular del Écusson, el cambio produce la sensación de haber atravesado una frontera arquitectónica sin que nadie pidiera el pasaporte.

Pero la ciudad no se detiene allí. A orillas del Lez, el Hôtel de Ville aparece como un gran volumen azul diseñado por Jean Nouvel y François Fontès. Cerca de allí, L’Arbre Blanc (tiene un bar/mirador espectacular) extiende sobre la ciudad sus balcones como ramas improbables, en un proyecto firmado por Sou Fujimoto, Nicolas Laisné, DREAM y Oxo Architectes.

No, L’Arbre Blanc no es de Jean Nouvel. En una ciudad con tantos arquitectos célebres, hasta los edificios corren el riesgo de terminar con el padre equivocado.

Paredes que se niegan a guardar silencio

El pasado medieval de Montpellier no está congelado. Sus muros también sirven para hablar del presente.

En distintas calles aparecen los corazones de Sunra, artista montpellerino que ha convertido ese símbolo en un lenguaje reconocible. Sus obras introducen ternura, música y humanidad allí donde uno esperaba encontrar apenas una pared cansada. No decoran la ciudad como quien coloca un florero: conversan con ella.

Pero no todo el arte urbano busca consolar.

En el centro histórico también pueden encontrarse zapatos vacíos fijados a los muros, acompañados por nombres y frases que recuerdan a mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas. Las intervenciones pertenecen a Les Tricoteuses hystériques, un colectivo feminista que utiliza la ausencia como denuncia. Uno de sus mensajes resume la intención sin retórica: «El amor no mata. Los hombres violentos, sí».

Desde lenguajes muy distintos, los corazones y los zapatos demuestran algo sobre Montpellier: aquí las paredes no aceptan limitarse a servir de fondo para fotografías.

Una ciudad de sabores Michelin

Montpellier con estrella Michelin

Por supuesto, existe otra forma de investigar una ciudad y, personalmente, no pienso subestimarla.

La oferta gastronómica de Montpellier va desde los mercados y la cocina regional hasta varias mesas reconocidas por la Guía Michelin. Se puede pasar de una cena construida con precisión milimétrica a un plato que sabe a comida familiar sin abandonar la ciudad.

Y luego está L’Atienda.

Para quienes hemos migrado, un restaurante latinoamericano no es solamente un lugar donde comer. A veces funciona como consulado emocional. Allí, un ajiaco puede reducir miles de kilómetros a la distancia que existe entre la cuchara y la boca. No resuelve la nostalgia —tampoco conviene exigirle labores diplomáticas a una sopa—, pero durante un rato consigue que la memoria se siente a la mesa sin pedir permiso.

Eso también es Montpellier: una ciudad francesa del Mediterráneo donde una venezolana puede encontrarse con Colombia dentro de un plato.

Un año no alcanza, por fortuna

Después de doce meses, Montpellier ya no es únicamente el lugar al que llegué. Es la ciudad desde la que escribo, trabajo, hago planes y sigo aprendiendo a pertenecer.

Todavía quedan muchas historias: sus plazas, mercados y jardines; las mujeres que la atravesaron; sus festivales; el mar que no está dentro de la ciudad, aunque ella lo invoque constantemente; los pueblos que la rodean y esa vida cotidiana que jamás aparece completa en una guía.

Llegué un 5 de julio pensando inevitablemente en la independencia de Venezuela. Un año después, entiendo que empezar de nuevo no siempre consiste en cortar con lo anterior. A veces se parece más a aprender a llevar varios lugares dentro de una misma vida sin obligarlos a competir.

Montpellier no sustituyó ninguna de mis geografías. Me ofreció otra.

Y esto apenas comienza.

Pero ahora te toca a ti.
¿Conoces Montpellier?
¿Qué rincón, historia, sabor o imagen hizo que la ciudad se quedara contigo? Y si todavía no has venido, dime qué parte de este primer recorrido te hizo pensar, aunque fuera por un momento, en comprar el pasaje. 
¿Alguna vez una ciudad te cayó mal al principio y terminó conquistándote? Quiero conocer esas historias de amor urbano a fuego lento.

Comentarios

  1. Quiero entrar a esa facultad de medicina. Debe ser de locos la energía allí

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